miércoles, 29 de octubre de 2008

La Andariega Imparable




LUZ EN EL CAMINO FERNANDO LORENTE, O.H*


En lo humano y en lo divino. Así lo vivió Teresa de Jesús, la abulense universal, la que moría porque no moría. Doctora de la Iglesia, reformadora con categoría de creadora. La consumada maestra en enseñar y vivir su propia enseñanza, la que daba pie para hablar de una vida hecha doctrina o de una doctrina hecha vida, que en el fondo es lo mismo. Nada de palabras que lleva el viento. Palabras cargadas de vida. Es un caso, y caso único. Aquí estuvo la vida, la fuerza y el coraje de su testimonio andariego imparable. Por donde pasó y con quien habló dejó sus huellas imborrables. Quizás por esto es de las mujeres que más se ha escrito y se seguirá escribiendo. De este grandioso patrimonio recogemos estos datos:


Esta mujer, desde muy joven, supo esconderse a tiempo tras unas rejas, aprendió a andar y trillar caminos, perderse en la divina contemplación, coger la aguja y distinguirse en labores femeninas, y hasta sentarse a escribir, porque así se lo mandaron, aunque ella estuviera convencida de que no era lo suyo. "¿Para qué quieren que escriba? Escriban los letrados que han estudiado, que yo soy una tonta, y no sabré lo que me digo; pondré un vocablo por otro, con que haré daño".


Consunta y elegante improvisación no mira atrás: "Tornar a leer? yo jamás lo hago; si faltaren letras, póngalas allá, que luego se entiende lo que quiere decir". No importa si se repite. "Como es para mis hermanas, poco va en ello". Con particular pedagogía sabía expresar los fenómenos espirituales y hacerlos asequibles a mentes menos aptas. Gracia especial que ella misma detectó cuando escribía: "Una merced es dar el Señor la merced, y otra es entender qué merced es y qué gracia, y otra es saber decirla y dar a entender cómo es". De lo que no cabe duda es de que ella supo decirlo y darse a entender. Calculadora e influyente siempre, sin perder la delicada sencillez que le caracterizaba.


Teresa había nacido en Ávila, en 15l5. Su infancia transcurrió arropada por el cariño y la piedad de una familia que la quería mucho. Siete años contaba cuando llegó a convencer a su hermanito Rodrigo para ir a "tierras de moros" a sufrir el martirio. Y no es que fuera insensible a los halagos del mundo. Al morir su madre fue llevada al colegio de Santa María de Gracia. Su piedad aumentó. Cuando en 1535 sus hermanos embarcaron rumbo a América, Teresa ingresó en el convento de la Encarnación.


En 1560 exponía sus cuitas de reformadora en ciernes a Pedro de Alcántara, y éste le animó mucho. Comenzó el deshielo de recelos y suspicacias. Por fin, una tarde de septiembre de aquel 1560, en la celda conventual de Teresa, unas sobrinas y amigas suyas decidían fundar un pequeño convento en pleno espíritu y realidad de reforma carmelitana. No fue fácil, pero Teresa era de armas tomar y no dejarlas. Por si fuera poco, tuvieron que hacer frente a la oposición popular, siempre más dura de pelar. Gracias a la oportuna intervención del joven dominico Báñez, se apaciguó mucho la cosa. Después hubo pleito, y largo, pero Teresa se salió con la suya para reemprender su obra.


Con cinco años de paz le prepararon para nuevas luchas. Primero fueron los trabajos inherentes a las fundaciones, que se jaloraron a ritmo acelerado. Después hicieron acto de presencia nuevas y terribles pruebas. A Teresa se le mandó que se recluyera en uno de sus conventos "a manera de cárcel". Las medidas y presiones antirreformistas de un sector habían dado resultado una vez más, y Teresa lo pagaba. En medio de los grandes sufrimientos que tuvo que soportar, supo abrirse camino para maravillosos escritos. Así pasó aquellas tormentas, y las fundaciones continuaron. Sólo Dios o la muerte podían interrumpir la marcha de Teresa. Y fue la muerte en Alba de Tormes, en 1582. La muerte la llamó sembrando palabras de vida. Quien había pedido a Dios "que sepa entender y decir las mercedes que Su Majestad me hace", podía morir.


Con la oración que Marquina pone en sus labios en tal trascendental momento: "No te pido nuevas casas / ni más rediles y ovejas; / te pido poco, Señor: / mi fe pondrá lo que pueda; / dicen que palabras son / aire, y que el aire las lleva: / pues a mí dame? ¡palabras! / ¡No conozco mejor siembra!".


Y nuestra santa, Teresa de Jesús, sigue sembrando palabras, y palabras de vida eterna. Hoy, también nosotros, las podemos encontrar y vivirlas en sus escritos. Entre ellos, sobresalen la genial "Vida o autobiografía", de gracia castiza sin par: en el tratado espiritual "Camino de perfección" y las célebres "Moradas", nos descubre y nos arranca los secretos de la más elevada vida contemplativa. En cambio, en "Las fundaciones" nos permite verla en su deambular como fundadora, inquieta y andariega, segura de sí misma, pues todo lo fiaba en Dios. Que nunca falten en la Iglesia, en el estado religioso y seglar, personas que vivan este empeño andariego teresiano.


* Capellán de la clínica S. Juan de Dios

2 comentarios:

PetitAme dijo...

Hermoso comienzo para un tema rico e inagotable. ¡Bendiciones hermanita!

Paspan dijo...

Gracias hermanita...
Dios te bendiga. Ahí vamos
como Santa Teresa