Cuando Teresa de Cepeda, sin permiso paterno, ingresa en la Orden del Carmen, el monasterio era uno de los más poblados de la ciudad. Contaba con un número muy elevado de bienes, y al igual que en otros muchos, la vida de convento no era rigurosa y existían diferencias sociales muy acusadas entre las monjas. En La Encarnación recibe los consejos de Francisco de Borja, de Juan de la Cruz y de Pedro de Alcántara y desde aquí se prepara la Reforma del Carmelo.
martes, 10 de mayo de 2011
sábado, 30 de abril de 2011
Arraigada en la Biblia, en la Palabra de Dios y en los misterios que celebra la
liturgia, Teresa se convierte en una extraordinaria inductora a la experiencia de Dios, que ella misma ha experimentado. Santa Teresa, pues, escribe desde la experiencia (cf.V 18; ib. 23; C pról.) y para despertar la experiencia en sus lectores: “de lo que no hay experiencia, mal se puede dar razón cierta” (6M 9; cf. C 28). De ahí su interés no sólo
or explicar y hacer saber, sino ante todo por engolosinar al lector a fin de animarle a
recorrer el mismo camino que ella está haciendo. La experiencia de Dios por gracia
(1544-1554), la experiencia de la persona de Jesucristo (1560) y la experiencia del
misterio trinitario (1571), son los núcleos centrales, en torno a los cuales gira la
espiritualidad teresiana.
jueves, 21 de abril de 2011
"Decíame poco ha un gran letrado que las almas que no tienen oración son como un cuerpo con perlesía o tullido, que aunque tiene pies y manos no los puede mandar, que así son: que hay almas tan enfermas y mostradas a estarse en cosas exteriores, que no hay remedio, ni parece que puedan entrar dentro de sí; porque la ya costumbre la tiene tal, de haber siempre estado con las sabandijas y bestias que están en el cerco del castillo, que ya casi está hecha como ellas; y con ser de natural tan rica, y poder tener su conversación no menos que con Dios, no hay remedio. Y si estas almas no procuran enteder y remediar su miseria, quedarse han hechas estatuas de sal, por no volver la cabeza hacia sí, como lo que quedó la mujer de Lot por volverla."
sábado, 9 de abril de 2011
miércoles, 30 de marzo de 2011
Por qué se hace carmelita Santa Teresa
Los historiadores se han hecho esta misma pregunta, aunque no coinciden en la respuesta, porque a nadie le ha sido permitido entrar en la decisión tomada por Santa Teresa a los veinte años. Presentamos la respuesta que da el P. Tomás Álvarez, especialista número uno en Santa Teresa. Dice este autor que Teresa, fundamentalmente, se decide a ser carmelita porque tiene una amiga en el Monasterio de la Encarnación: Es el que yo tenía mucha afición, si bien, una vez decidida por el estado religioso, a cualquier monasterio en que pensara servir más a Dios, o mi padre quisiera, fuera. En Ávila tenía varios monasterios para escoger: La Concepción. Santa Ana, Santa María de Gracia, Santa Catalina de Sena, Santa María de Jesús o Las Gordillas. En el ánimo de Teresa aleteaban otros motivos, incluso el miedo al infierno, el amor a Cristo, la previsión realista de los trabajos de la religión, por ser yo tan regalada. En el fondo ella ha optado por la “vida religiosa”. Su vocación específicamente carmelitana tenía precarias motivaciones psicológicas. Pero estaba bien respaldada por una motivación netamente teológica. La vocación le vino de la llamada de Dios: Oh válgame Dios, por qué términos me andaba Su Majestad disponiendo para el estado en que quiso servir de mí, que sin quererlo yo, me forzó a que hiciera fuerza. La decisión la tomó en 1535. Lo relata al escribir el Libro de la Vida en 1565. Lo recuerda con realismo pero sin titubeos-. Está convencida de que acertó. Segura de que su lucha terminó en victoria. Y que ésta ha sido definitiva. Son afirmaciones suyas: En tomando el hábito...,a la hora me dio un gran contento de tener aquel estado, que nunca más me faltó hasta hoy. Y lo repetirá confidencialmente a las monjas de San José: Bendito seáis Vos, mi Dios…, que darme estado de monja fue grandísima. Sí, Teresa había acertado en el camino de su vida. Jamás se retractará.
blog Padre Nicolás González
martes, 22 de marzo de 2011
Teresa y Dios Padre

Comenzamos por la consideración de Dios Padre, pero advirtiendo previamente que entre esas divinas personas existe, según la Madre Teresa, una convivencia fundamental esencial. Ella sabe que: "el Padre no puede estar sin el Hijo y sin el Espíritu Santo. Porque es una esencia, y adonde está el uno están todas tres, que no se pueden dividir" (CC 60)9.
Las casi ininterrumpidas referencias de Teresa a Dios y al Señor están dirigidas a la persona del Padre. Cuando ese nombre está ordenado a otra Divina Persona lo hace notar Teresa por el contexto.
Además de esa atribución paternal genérica, en la mística doctora hay abundantes expresiones en las que le designa expresamente como Padre. Es muy significativo que sea un comentario al Padrenuestro el libro clásico de su magisterio espiritual.
Dentro de esta denominación específica lo normal en Teresa de Jesús es que se refiera a Dios Padre en alguna concomitancia con Dios Hijo. Son inseparables entre sí en la mente de Teresa. Se da una consonancia de Padre-Hijo e Hijo-Padre de íntima, profunda, gozosa y gloriosa unión entre ambas Divinas Personas. Teresa contempla a Dios Padre presa de asombro y de ternura sobre todo por sus condiciones de grandeza, hermosura, poder, bondad, misericordia y amar. Lo siente por fe, lo sabe por estudio y lo gusta por las experiencias místicas acerca de Dios Padre. Llega a percibir su predilección, su intimidad y su unión:
"El Señor me había llevado en espíritu junto a su Padre y díjole: "Esta que me diste te doy", y parecía me llegaba a Sí" (CC 13).
"Paréceme que la Persona del Padre me llegaba a Sí y decía palabras muy agradables" (CC 22).
"Me dijo el Señor... "Mi Padre se deleita contigo"" (CC 10).
"¡Oh Señor mío, cómo parecéis Padre de tal Hijo y cómo parece vuestro Hijo hijo de tal Padre!" (CV 27, 1).
Es ardiente la oración de Teresa de Jesús a Dios Padre por la Iglesia:
"Padre Santo que estás en los cielos... ¡Qué es esto, mi Señor y mi Dios: u dad fin al mundo u poned remedio en tan grandísimos males, que no hay corazón que lo sufra, aún de los que somos ruines. Suplícoos, Padre Eterno, que no lo sufráis ya Vos! Atajad este fuego, Señor, que si queréis podéis. Ya, Señor, ya haced que se sosiegue este mar; no ande siempre en tanta tempestad esta nave de la Iglesia y ¡sálvanos, Señor mío, que perecemos!" (CV 35, 3-6)10.
Las casi ininterrumpidas referencias de Teresa a Dios y al Señor están dirigidas a la persona del Padre. Cuando ese nombre está ordenado a otra Divina Persona lo hace notar Teresa por el contexto.
Además de esa atribución paternal genérica, en la mística doctora hay abundantes expresiones en las que le designa expresamente como Padre. Es muy significativo que sea un comentario al Padrenuestro el libro clásico de su magisterio espiritual.
Dentro de esta denominación específica lo normal en Teresa de Jesús es que se refiera a Dios Padre en alguna concomitancia con Dios Hijo. Son inseparables entre sí en la mente de Teresa. Se da una consonancia de Padre-Hijo e Hijo-Padre de íntima, profunda, gozosa y gloriosa unión entre ambas Divinas Personas. Teresa contempla a Dios Padre presa de asombro y de ternura sobre todo por sus condiciones de grandeza, hermosura, poder, bondad, misericordia y amar. Lo siente por fe, lo sabe por estudio y lo gusta por las experiencias místicas acerca de Dios Padre. Llega a percibir su predilección, su intimidad y su unión:
"El Señor me había llevado en espíritu junto a su Padre y díjole: "Esta que me diste te doy", y parecía me llegaba a Sí" (CC 13).
"Paréceme que la Persona del Padre me llegaba a Sí y decía palabras muy agradables" (CC 22).
"Me dijo el Señor... "Mi Padre se deleita contigo"" (CC 10).
"¡Oh Señor mío, cómo parecéis Padre de tal Hijo y cómo parece vuestro Hijo hijo de tal Padre!" (CV 27, 1).
Es ardiente la oración de Teresa de Jesús a Dios Padre por la Iglesia:
"Padre Santo que estás en los cielos... ¡Qué es esto, mi Señor y mi Dios: u dad fin al mundo u poned remedio en tan grandísimos males, que no hay corazón que lo sufra, aún de los que somos ruines. Suplícoos, Padre Eterno, que no lo sufráis ya Vos! Atajad este fuego, Señor, que si queréis podéis. Ya, Señor, ya haced que se sosiegue este mar; no ande siempre en tanta tempestad esta nave de la Iglesia y ¡sálvanos, Señor mío, que perecemos!" (CV 35, 3-6)10.
fuente:mercaba.org
viernes, 4 de marzo de 2011
Las devociones siendo niña...

"Hacía limosna como podía, y podía poco. Procuraba soledad para rezar mis devociones, que eran hartas, en especial el rosario, de que mi madre era muy devota, y así nos hacía serlo. Gustaba mucho, cuando jugaba con otras niñas, hacer monasterios, como que éramos monjas, y yo me parece deseaba serlo, aunque no tanto como las cosas que he dicho"
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