sábado, 15 de octubre de 2011

15 de octubre« Fiesta de Santa Teresa de Jesús

«Teresa de Jesús ilustró con las virtudes de su vida angelical... a toda la Iglesia católica» (San Pío V).

«Esta mujer singular ha sido siempre considerada como el modelo de la contemplación» (Hno. Roger Schutz, Taizé).

«...como brilla el sol en su cenit, así resplandece Teresa en el Templo de Dios» (Lit. Ambrosiana).

«Madre de los espirituales» (Lápida al pie de su estatua en San Pedro del Vaticano).


«Nos basamos en la doctrina espiritual y en la vida preclara de Santa Teresa» (Dr. Ramsey, anglicano).
«Teresa de Jesús es el espíritu más grande, el alma más sublime, que después de la venida de Cristo se haya revestido de carne humana» (Leibnitz).
«Cuanto el tiempo más nos aleja de Santa Teresa, tanto más se agiganta su figura» (Pascal).

martes, 11 de octubre de 2011


«En todas las páginas (del libro de su vida) se ven las huellas de una pasión viva, de una franqueza conmovedora, y de un iluminismo consagrado por la fe de fieles. Todas sus revelaciones atestiguan que creía firmemente en una unión espiritual entre ella y Jesucristo; veía a Dios, la Virgen, los santos y los ángeles en todo su esplendor, y de lo alto recibía inspiraciones que aprovechaba para la disciplina de su vida interior. En su juventud las aspiraciones que tuvo fueron raras y parecen confusas; sólo en plena edad madura se hicieron más distintas, más numerosas y también más extraordinarias. Pasaba de los cuarenta y tres años cuando por vez primera vivió un éxtasis. Sus visiones intelectuales se sucedieron sin interrupción durante dos años y medio (1559-1561). Sea por desconfianza, sea para probarla, sus superiores le prohibieron que se abandonase a estos fervores de devoción mística, que eran para ella una segunda vida, y la ordenaron que resistiera a estos arrobamientos, en que su salud se consumía. Obedeció ella, mas a pesar de sus esfuerzos, su oración era tan continua que ni aun el sueño podía interrumpir su curso. Al mismo tiempo, abrasada de un violento deseo de ver a Dios, se sentía morir. En este estado singular tuvo en varias ocasiones la visión que dio origen al establecimiento de una fiesta particular en la Orden del Carmelo.»

(Pierre Boudot biógrafo francés)



lunes, 19 de septiembre de 2011

Más importante que esa somera crónica biográfica, es la historia interior de Teresa. Teresa es una convertida. Su cambio total de vida interior se produce a los 39 años (1554), leyendo las Confesiones de San Agustín. De ahí parte el intenso proceso de vida mística de Teresa, que la convierte en escritora y poetisa. Escribe su propia vida en 1566. Ese mismo año redacta un libro de pedagogía espiritual, el Camino de Perfección, que los teólogos censores la obligan a escribir de nuevo. Y once años después (1577) compone su obra maestra, la síntesis de mística titulada Castillo Interior. Escribe además la historia de sus viajes y fundaciones (Libro de las Fundaciones).

Teresa comienza narrando su propia vida, con especial atención al aspecto interior y al cúmulo de gracias recibidas por ella. De esta experiencia personal recaba ella su gran síntesis doctrinal. A las lectoras íntimas les propone por base una serie de valores y virtudes evangélicas, fundados en "el amor de unos a otros" y en el temple de voluntad, que ella denomina "determinada determinación". Insiste en que no hay desarrollo de la persona ni de la vida religiosa sin un ulterior intento de apertura a lo trascendente o de relación personal del hombre con Dios, relación que ella concentra en la práctica de la oración personal, definida como "trato de amistad con Cristo o con Dios" y que se debe convertir en resorte propulsor de acción al servicio de los hermanos.



sábado, 10 de septiembre de 2011

Teresa de Jesús o la pasión de una vida


(parte 2)

Una “pasión” que se hace firmeza en lo difícil. A Teresa no le va a faltar oposición –fuerte oposición-, de su padre y familiares. Es ahí donde su “pasión” se traduce en voluntad y firmeza. Vendrán luego horas para la incomprensión, para el dolor, para los trabajos de la reforma. Teresa vive siempre su temperatura de ansias de perfección, de santidad.
Una “pasión” que se hace dolor y alegría confundidos. La vocación exige muerte, abandonos, rupturas. Y el dolor es grande. ¡Cómo les cuesta el adiós a su padre… para ser monja!” “Cuando salí de casa de mi padre, no creo será el sentimiento cuando me muera”; “Como no había amor de Dios que quitase el amor del padre… era todo haciéndose una fuerza muy grande” (V. 14, 1).
Y en la muerte y el rompimiento brota la vida y la alegría. Pronto tiene que escribir: “me dio tan gran contento de tener aquel estado que nunca jamás me faltó hasta hoy” (V. 4, 21). Es el signo de todos los hombres llamados por Dios. Abandono de la casa paterna, rompimiento de lo que era la propia seguridad, para salir confiados sólo en su palabra. Pero en el dolor, en la salida, viven la mayor riqueza, reciben bendiciones y promesas; experimentan el gozo que no defrauda, el gozo de Dios.
Una “pasión” que se hace luz por los caminos. Los caminos de sus fundaciones. Vive su pasión a prueba de cansancios y fatigas, a prueba de polvo o cantueso. Son como pequeñas –mejor, diríamos, inmensas- luces que va prendiendo con la cerilla de su amor inmenso, de su fe vivida con tal pasión.
Una “pasión” que se hace plegaria por su vocación. Teresa sabe que la vocación es regalo, que no se merece; sabe que es un don, lo pide; ruega para que “le diese el Señor el estado en que mejor le había de servir” (V. 3, 2). Es necesario que Dios confirma a cada instante la lozanía de la vocación, es necesario que el fuego de Dios reanime el rescoldo del hombre llamado. En definitiva, es necesario sentir que su promesa es verdad en la propia vocación: “yo estaré contigo hasta el final de tus días”.
Una “pasión que se hace búsqueda incesante. Porque en la vocación nada está definitivamente confirmado; porque en la vocación “siempre es tiempo de caminar”. Es la verdad de Tersa. Vivir cada día como el único y el definitivo de la existencia. La pasión de Teresa es siempre tensión hacia Dios, profundidad siempre inabarcable.
Así fue la vocación de Teresa. Vivida en la pasión más rica, más decisiva y más honda de una vida. Por eso es modelo también para hoy. Porque en su inquietud, en su temor, en su firmeza, en sus horas de cómo podrá ser esto, en su gozo y en su grandeza se dejan traslucir los pasos “eternos” de tantos llamados. Se dejan traslucir mis propios pasos.
Pedro Moreno

miércoles, 31 de agosto de 2011

Teresa de Jesús o la pasión de una vida


(parte 1)

Desde aquel “era entonces muy enemiga de ser monja”, en el monasterio de las Angustias, hasta su grito “es tiempo de caminar”, vive Teresa la “pasión”, en hondura, en complejidad y en grandeza, de su vocación religiosa…

La rica personalidad de Teresa de Jesús nos sobrecoge y, en cierto modo, nos desborda. Pero hay fibras más definidas en su vida, esas que ponen un sello imborrable en toda “andadura” terrenal, que permiten nuestro acercamiento y comprensión al mundo y misterio de la santa de Ávila y del mundo.
Una de esas fibras teresianas, que surcan los días de su existencia, creo que es la “pasión” con que vivió su propia historia, su vida de fe y su vocación religiosa.

Teresa es radical, y lo radical sólo se puede vivir así, en la “pasión” en el borde del riesgo constante. Lo radical, y mucho más en la fe, se traduce en ámbitos desinstaladotes, en opciones de pobreza absoluta, en caminos sin más techo que la fuerza del cielo. Lo radical marca, y marca en gozo y en vida plena. Teresa es radical. Dios es su “pasión”. Una pasión desde el alba misma de su vida hasta la hora de la muerte. Una pasión que vive en el marco concreto de su vocación religiosa.

Una “pasión” que se hace aventura infantil. Se trata de comprar pronto y al mejor tiempo posible el gozo del cielo. Un gozo para “siempre, siempre, siempre…”. Y nace aquella aventura infantil que comparte con su hermano. Pronto, muy pronto, apenas han salido de Ávila se termina la aventura. Queda la “pasión”, el “ansia” por lo más radical y decisivo para una vida, el “ansia” de Dios.

Una “pasión” que se hace “ermitas” en la huerta. Se ensayan formas nuevas de amar: “procurábamos como podíamos, hacer ermitas, poniendo unas piedrecillas que luego se nos caían; y así no hallábamos remedio en nada para nuestro deseo” (V. 1, 6). También ahora algo se derrumba, hay piedras que caen y se rompen. Queda el alma de Teresa, tan entera y tan apasionada, tan “en tensión hacia Dios”.
Una “pasión” que se hace lucha con Dios. Al estilo de los profetas Teresa puede gritar: “Me has seducido, Señor, y me he dejado seducir; me has agarrado y me han podido” (Jer. 20, 7). Es la lucha inevitable de la resistencia humana a la llamada de Dios. Teresa lo ha vivido –lo vivirá en más ocasiones- en carne propia: “en esta batalla estuve tres meses forzándome a mí misma…” (V. 3, 6).

Pedro Moreno

domingo, 7 de agosto de 2011

Además de una mística de extraordinaria profundidad espiritual, santa Teresa fue una organizadora muy capaz, dotada de sentido común, tacto, inteligencia, coraje y humor. Purificó la vida religiosa española de principios del siglo XVI y contribuyó a fortalecer las reformas de la Iglesia católica desde dentro, en un periodo en que el protestantismo se extendía por toda Europa. Sus escritos, publicados después de su muerte, están considerados como una contribución única a la literatura mística y devocional y constituyen una obra maestra de la prosa española.

sábado, 30 de julio de 2011


“… Este lenguaje de Santa Teresa no es aprendido en las escuelas, sino el habla vulgar y corriente de las gentes bien educadas de Castilla en el siglo XVI, y ha podido decir Menéndez y Pelayo, con bella frase, que Santa Teresa habló de Dios y de los más altos misterios teológicos como en plática familiar de hija castellana junto al fuego…Todas estas cualidades suyas se reflejaban en lo que escribía, y de aquí que, sin aliños retóricos ni propósito de escribir bien, escribiese admirablemente y sea la más inimitable de nuestros clásicos. Hasta el estilo de Cervantes puede imitarse con más o menos fortuna: el de Santa Teresa, de ninguna manera”.

(Ángel Salcedo Ruiz)