lunes, 17 de noviembre de 2008

Santa Teresa de Jesùs



Teresa de Ahumada nació en Ávila, el 28 de marzo de 1515.


Desde sus más breves años comenzó a sentir mística exaltación, y a los 7 años huyó de su casa con un hermano, para ir a buscar martirio.


Vuelta al hogar, a los doce años pasó por el dolor de perder a su madre, lo que la afectó en extremo y pareció decidir su vocación religiosa.


A los 16 años entró en el convento de Santa María de Gracia, llevada por su padre a causa de sus malas frecuentaciones, entre ellas la de una su prima, y de las exageradas lecturas de libros de caballerías.


El tres de noviembre de 1534, a los 19 años de edad, profesó en el convento de la Encarnación de Ávila. Poco después cayó gravemente enferma y su padre la llevó a baños minerales: sentía los primeros síntomas de sus neurosis.


En 1537, en casa de su padre, sufrió un ataque de parasismo, y durante dos años estuvo paralítica.


Curó, y durante bastantes años su fe anduvo bastante entibiada, hasta que volvió al pasado ardor religioso por que, según dice ella, Cristo se le apareció con airado semblante.


Entonces creyó que la causa de su frialdad provenía de su demasiado frecuente trato con seglares, y resolvió reformar la orden del Carmelo, a la cual pertenecía, y fundar religiones de monjas descalzas y enclaustradas.


Hora era de que llegaran estas reformas, pues la orden estaba del todo relajada. En su empresa tuvo grandes dificultades que vencer, pero le ayudaron eficazmente una de sus hermanas, otros parientes, varios señores piadosos y la duquesa de Alba. Sus principales obras son en prosa: amenas unas veces, especiosas otras, son pruebas de que la santa, que tanto se queja en ellas de su falta de letras, era una gran estilista.


En cuanto a sus poesías, fueron compuestas en ciertos momentos de mayor ardor místico, por la que ella decía que la Divinidad se las inspiraba. La última de las que aquí damos, el popular soneto, es también atribuido a San Juan de la Cruz. El espíritu de este soneto parece, en efecto, de la santa, pero su forma parece más bien de su gran amigo.


Santa Teresa murió, después de realizada su obra de reforma, el 4 de octubre de 1582, a los sesenta y siete años.


*(Antología de los mejores poetas castellanos, Rafael Mesa y López. Londres: T. Nelson,
1912.)

viernes, 14 de noviembre de 2008

Es delicioso leer a Santa Teresa de Jesùs

Es delicioso leer los escritos de santa Teresa, como era delicioso escucharla, que se pasaban sin sentir horas y horas, que transcurrían como un éxtasis.

No era sólo por la amenidad de sus ocurrencias, que fascinaban a los oyentes. Era la constante de unas ideas fenomenales que rebosaban de su propia vida, como chispas de hierro incandescente. Ello hacía que de sus conversaciones salieran todos pensativos, notablemente mejorados, como lo fue el joven médico que la atendió en Burgos, el licenciado Aguiar, «hombre arrojado en sus palabras y decidor de bonísimo entendimiento, a veces mordaz», que con su trato quedó trocado en otro hombre. Él mismo declaró: «Tenía la santa madre Teresa una deidad consigo, que se le pasaban las horas de todo el día con ella sin sentir; y menos que con gran gusto, y las noches con la esperanza de que la había de ver otro día; porque su habla era muy graciosa, su con-versación suavísima y muy grave, cuerda y llana. Entre las gracias que ella tuvo, una de ellas fue que lle vaba tras de sí a la parte que quería y al fin que deseaba a todos los que la oían; y parece que tenía el timón en la mano para volver los corazones, por precipitados que fueran, y encaminarlos a la virtud». Esto decía un médico alegre.

No menos notable era el parecer de un gran fraile descalzo que la acompañaba, fray Pedro de la Purificación, el cual declaraba: «Una cosa me espantaba de la conversación de esta madre, y es que aunque estuviese hablando tres y cuatro horas, que sucedía ser necesario estar con ella en negocios, así a solas como acompañado, tenía tan suave conversación, tan altas palabras y la boca llena de alegría,que nunca cansaba, y no había quien pudiese despedirse de ella».

Podíamos temer que aquello fuese pasado a la historia y que sólo se trataba de recuerdos más o menos afectivos de sus admiradores. Lo interesante es que aquel soberano interés ha quedado plasmado en el papel. Los testigos que la oyeron y la leyeron después, aseguran que entre su estilo hablado y el escrito había una asombrosa identidad. Una amiga, Antonia de Guzmán, hija que fue de doña Guiomar de Ulloa, declaraba: «Le ha acaecido estar leyendo el libro de su Vida y parecerle a esta declarante que oía hablar a la misma santa Teresa de Jesús».

Un obispo, que la trató en Burgos cuando era un muchacho de menos de veinte años, don Pedro de Castro, aseguraba que en sus libros hallaba él hasta el acento de su voz. Decía: «Los que han leído o leyeren sus libros pueden hacer cuenta que oyen a esta santa madre; porque no he visto dos imágenes o dos retratos tan parecidos entre si, por mucho que lo sean, como son los libros escritos y el lenguaje y trato ordinario de la santa madre: aquel en mendarse en algunas ocasiones y decir que no sabe si lo dice como lo ha de decir, y otras cosas a este tono, son todas suyas». Eran quizá las incidencias de la conversación lo que este obispo recordaba. Pero también es cierto que cuando le oía ciertas razones, temblaba como la hoja de un árbol, aun a través de una reja y unos velos, y los cabellos se le espeluznaban de sagrado terror, pensando que en aquella mujer hablaba Dios. Y no era sólo cómo lo decía, sino porque decía tales cosas que revolvían las conciencias.

Afirma el licenciado Aguiar que estando con la madre en compañía del doctor Manso, que la confesaba, éste no cesaba de exclamar entre dientes de forma que Aguiar oyese: «¡Oh, bienaventurada mujer! ¡Oh, ángel del cielo!». Y después hacía comentarios como éste: «Bendito sea Dios, bendito sea Dios: Más quisiera argüir con cuantos teólogos hay que con esta mujer». Y es que hablaba con una desenvoltura escalofriante. A este personaje, sin faltarle jamás al respeto, en una ocasión que le confió haber dejado la oración por miedo, le increpó así: «¡Oh, mal hombre! ¿ Y qué mal le había de hacer, aunque viniera todo el infierno?». Hoy tenemos a mano todos los escritos que ha dejado santa Teresa. Es un placer imaginarse a sus pies leyéndolos como si la escucháramos, si lo hacemos sin prisas y sin mirar el reloj. Su estilo conciso, luminoso, chispeante, con ocurrencias incesantes y distintas, son para pasar horas deliciosas.

Pero comprendo que no siempre hay tiempo ni humor para ponernos así con sus escritos en la mano ni para saborear su contenido ni calibrar toda su fuerza estilística. Para ello se requiere además de atención una cultura mediana que no está al alcance de todos. Los que carecen de tiempo para semejantes placeres, querrían, al menos, recoger sus chispazos, diseminados por todos sus libros, y solazarse con ellos con responsabilidad personal. Tememos ver ante nosotros tantas páginas, tantas palabras, sin saber dónde fijar la vista. Preferiríamos sólo tener la «sensación» de alguna ocurrencia, que nos permitiera pensar por nosotros mismos sin necesidad de seguir leyendo, como si con ello enriqueciéramos nuestra inteligencia con sus ocurrencias geniales.

En efecto, debemos advertir ante todo, que lo más genial de santa Teresa va siempre en forma de «incisos»; o, si se quiere, de «paréntesis». Las deliciosas digresiones con que a veces adorna un discurso, no son precisamente divagaciones, sino eso, chispazos que saltan de un subconsciente siempre activo, arrollador, que es la constante de su fisonomía espirituaL. Tales incisos, como aquel en que define qué es la oración mental, definición hasta ahora jamás igualada, son tan geniales que osamos afirmar que constituyen lo mejor de sus libros. Desde luego, santa Teresa es primorosa en las descripciones de sucesos de que fue testigo, lo es en el razonar convencido sin la menor réplica, y lo es para exponer causas y causas de una determinación cualquiera. Pero esto, más o menos, es común a todos los escritores con mayor o menor gracejo. Mas los incisos geniales que salpican las páginas teresianas, donde se despachan las verdades más tremendas e incisivas, capaces de dejar pensativa a una persona para todo el resto de su vida, esos incisos, sí forman el sello exclusivo de santa Teresa y de su estilo inimitable; tan inimitable que para hacer un remedo del mismo habría que asimilarse de antemano todo lo que ella almacenó en su idiosincrasia dándole exclusiva personalidad. Y la personalidad es tan exclusiva que si fuese comunicable dejaría de ser personalidad.

Poner personalidad en un estilo es lo más teresiano y peculiar de sus escritos, escritos que su frescura y originalidad asombraron al propio maestro fray Luis de León, que aseguraba que «el castellano de la madre es la mesma elegancia». Se puede remedar a Cervantes, a Góngora, a Calderón de la Barca, de forma que cueste trabajo discernir qué cosas son originales o añadidas.

Remedar a santa Teresa es la tarea más dificil e ingrata. Es el personaje más inimitable de toda la literatura española. Conseguir una imitación lograda equivale a absorber su genial personalidad, o mejor, llegar a ser tan genial como ella lo fue.


FRAY EFRÉN DE LA MADRE DE Dios, O.C.D.


jueves, 13 de noviembre de 2008

Las cartas más íntimas de Santa Teresa de Jesús



Ávila, principios de mayo de 1573. A la madre Inés de Jesús, en Medina: "Mi hija: mucho me pesa de la enfermedad que tiene la hermana Isabel de San Jerónimo. Ahí las envío al padre fray Juan de la Cruz para que las cure, que le ha hecho Dios merced de darle gracia para echar los demonios de las personas que los tienen. Ahora acaba de sacar aquí en Ávila de una persona tres legiones de demonios, y les mandó en virtud de Dios le dijesen su nombre, y al punto obedecieron."
Toledo, 10 de febrero de 1577. A don Lorenzo de Cepeda, en Ávila: "En el dormir vuestra merced, digo –y aun mando– que no sean menos de seis horas. Mire que es menester, los que hemos ya edad, llevar estos cuerpos para que no derroquen el espíritu, que es terrible trabajo. No puede creer el disgusto que me da estos días, que ni yo oso rezar ni leer, aunque, como digo, estoy ya mejor; mas quedaré escarmentada, yo se lo digo. Y así haga lo que le mandan, que con eso cumple con Dios (...). No piense le hace Dios poca merced en dormir tan bien, que sepa es muy grande. Y torno a decir que no procure que se le quite el sueño, que ya no es tiempo de eso (...). Así que ahora tenga paciencia, que siempre suele Dios traer tiempos para cumplir los buenos deseos, y así hará a vuestra merced (...)".
Malagón, finales de enero de 1580. Al padre Jerónimo Gracián, en Alcalá: "Yo digo a vuestra merced que aquí hay una gran comodidad para mí que yo he deseado hace muchos años; que aunque el natural se halla solo sin lo que le suele dar alivio, el alma está descansada. Y es que no hay más memoria de Teresa de Jesús que si no fuese en el mundo. Esto me ha de hacer no procurar irme de aquí, si no me lo mandan, porque me veía desconsolada algunas veces de oír tantos desatinos, pues allá, diciendo que es una santa, lo ha de ser sin pies ni cabeza. Ríense porque yo digo que hagan allá a otra, que no les cuesta más de decirlo."
Malagón, 1 de febrero de 1580. A la madre María de San José, en Sevilla: "El vestirse túnica en verano es cosa de disparate. Si me quiere hacer placer, llegando éste se la quite, aunque más se mortifique: pues todas entienden su necesidad, no se desedificarán. Con nuestro Señor cumplido tiene, pues lo hace por mí. Y no haya otra cosa, que ya yo he probado el calor de ahí, y vale más estar para andar en la comunidad que tenerlas a todas enfermas. Aun para las que viera que tienen necesidad también lo digo (...)."
Toledo, 8 de mayo de 1580. A doña María Enríquez de Toledo, duquesa, en Alba: "Estoy considerando las romerías y oraciones en que vuestra excelencia andará ocupada ahora y cómo muchas veces le parecerá era vida más descansada la prisión. ¡Oh, válgame Dios, qué vanidades son las de este mundo y cómo es lo mejor no desear descanso ni cosa de él, sino poner todas las que no tocaran en las manos de Dios, que Él sabe mejor lo que nos conviene que nosotros lo pedimos!"


*Rafael M. Mérida

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Santa Teresa y la Sagrada Escritura



Una de las razones de la riqueza y actualidad de la espiritualidad de Santa Teresa de Jesús es su profundo talante bíblico.


Son innumerables las citas explícitas que hace de la Biblia, las constantes alusiones a la Escritura, las llamativas intuiciones hermenéuticas con que se acerca a los textos y el sugestivo uso que hace de los pasajes y de los personajes bíblicos para explicar actitudes de vida o para iluminar sus propias experiencias espirituales. “La Biblia se adhiere a su vida y a su mensaje. Penetra una y otro saturándolos.


Al escribir 'las cosas de espíritu', la Palabra de Dios le fluye con la misma sencillez que abundancia. Como le mana su misma vida. Textos, tipologías, evocaciones, reminiscencias bíblicas se agolpan sobre su pluma en el momento preciso, como a presión de la vida que lleva dentro, con toda la carga de vibraciones y resonancias y luminosidad que la Palabra de Dios le produce” [M. Herraiz, “La Palabra de Dios en la vida y pensamientos teresianos”, Teología Espiritual 28 (1979) 53].


Es doblemente sorprendente el lugar que ocupa la Biblia en la vida y la doctrina de Santa Teresa cuando la enmarcamos en su tiempo. Ella no tuvo la oportunidad de realizar un estudio profundo de la Biblia y ni siquiera la conoció íntegramente. Su condición de mujer en aquella época era una limitación muy grande. Ella misma confiesa: “Por lo demás basta ser mujer para caérseme las alas” (V 10,8).


Mujer sin letras. No realiza labor de teólogo cuando escribe sino que sencillamente narra la historia que Dios va tejiendo en su propia vida y desde allí intuye unos caminos y unos criterios luminosos y válidos también para otros. Y aun cuando lo hace magistralmente, en más de una ocasión manifiesta su deseo de poder manejar categorías bíblicas nuevas que le permitan expresar mejor lo que vive y siente su alma. Al final de Las Moradas exclama: “¡Oh, Jesús! Y ¡quién supiera las muchas cosas de la Escritura que debe haber para dar a entender esta paz del alma!” (7M 3,13; cf. C 19,3).


En Teresa de Jesús la Escritura es palabra viva. Se funde armoniosamente con su vida, como dos palabras pronunciadas por el mismo Dios. Con naturalidad constata que lo narrado en la Biblia "me parece lo veo al pie de la letra en mí". Con gozo exclama que la lectura de los textos bíblicos "me aprovechó mucho", "me consoló mucho", "me ponía esfuerzo". Biblia y vida aparecen en Teresa como dos ríos que brotan de la misma fuente divina. Dios mismo fue para ella "el libro verdadero adonde he visto las verdades".


La Biblia es también una luz que ilumina su experiencia de fe y su proceso espiritual. No quiere apartarse ni un "tantico" de lo que dice la Biblia, en donde se le ha revelado la Verdad de Dios. Quisiera conocer más de la Biblia "para dar a entender" el camino espiritual. Se acerca a la Biblia para entender su vida y desde su vida entiende la Biblia. Sus intuiciones hermenéuticas son sorprendentes, sobre todo si pensamos en el momento histórico que vivió. Como fruto de su experiencia mística, de su vida profundamente arraigada en la verdad, de su maravilloso sentido común y de su gran amor a la Iglesia, nos ofrece una serie de normas de lectura de la Biblia que coinciden en mucho con las reconocidas por la Iglesia en el Vaticano II. Santa Teresa de Jesús es un verdadero testigo de la fuerza y de la luz de la Sagrada Escritura.


Una mujer, hija de su tiempo, que sufrió muchas veces la ausencia de la Biblia. Pero que por su amor a la Palabra de Dios no se dejó condicionar por el momento histórico que vivió, ni por las estructuras eclesiásticas de su época. Teresa nos ha dejado el testimonio de una existencia iluminada y explicada por la Palabra de Dios.


*P. Silvio José Báez, o.c.d.

martes, 11 de noviembre de 2008

Teresa de Jesús, la castellana



Si no hubiera habido más mujeres castellanas en Castilla que ésta, sería suficiente, pero las hubo, las hay, a raudales. Teresa es de Ávila y Ávila es de Teresa, o si me lo permiten, Ávila es Teresa. Camino por los pueblos de Castilla, por los de Ávila sobre todo, contemplo el semblante de los mujeres y es teresa de Jesús la que me viene a mente. Quizá esta mujer se ha reencarnado en todas las castellanas de todos los tiempos, aún inclusive de los tiempos antes de ella, y ahí están, para confirmarlo.


Hay quien asegura que Teresa de Ávila nació santa, y les mentira. Tuvo que andar su camino para lograrlo y, además, sin que ella lo sospechara, que es cuando uno va acercándose a eso que llaman santidad, a eso que llaman más o menos perfección. Quiso ser mártir siendo niña, lo cual no es ninguna garantía, sobre todo cuando se envicia uno en la lectura de vidas de santos a imitar.

Quiso ser mártir y se aventuró a que los moros la decapitaran, pero su osadía, arropada por la imaginación de su hermano Rodrigo, no cruzó ni siquiera el Adaja para cruzar el puente que la empujaba hacia la ciudad. Se quedó, dicen, en los Cuatro Postes, ese mirador abulense para contemplar la ciudad sin atravesar el río.


Lo que me asombra de esta mujer es su temple, su temperamento, su estar siempre en el lugar apropiado, bien fuera entre pucheros, entre los que también se encuentra Dios, o arrebatada místicamente. Aunque dice que las novelas de caballería terminaron llevándola por la mala vida, que siempre es un decir, sospecho que teresa de Ávila es de la misma catadura que Don Quijote, obnubilado por la creencia. Son gigantes los molinos de viento porque sí, y son ejércitos los rebaños de merinas porque también.


Mujer penitente, mujer creadora, mujer cazadora, mujer cultivadora, mujer inventiva, mujer corredora de caminos, mujer de pluma fácil, de pluma difícil porque no es nada fácil cuando una pluma se aventura a plasmar las experiencias místicas, sobre todo si de experiencias amorosas se trata. ¿Quién puede escribir por ejemplo: Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero que muero porque no muero, que no sea ella, una persona enamorada del único amor posible? ¡O imposible!.


Teresa, como siempre, es una revolucionaria en su tiempo sobre las cosas religiosas, las más complicadas a la hora de revolucionar. Los conventos no le parecían tales, y las manías en ellos acostumbradas, menos. De ahí que se dio a la tarea de hacer de los monasterios algo que mereciera la pena. Si teresa de Ávila no hubiese sido castellana tendría que inventarse Castilla para que lo fuera. Es lo que ocurre con esta tierra, que de ella nacemos y no nos queda más remedio que ser eso a lo que ella nos empujar. Diferencias entre El Cid, o Don Quijote o Teresa de Jesús hay que anotarlas siempre con suspicacia.Guardo gran admiración por esta castellana de Ávila sobre todo por ser andariega, por regar su empuje a diestra y siniestra, por hacer de la vida algo que mereciera la pena.


Las noches oscuras, haylas, pero también los esplendores de la visión. Ocurrencias incomprendidas, muchas, y trabas para llevarlas a cabo incontables. Solamente el tiempo da la razón a quien la tiene y no la autoridad.


Me quedo con la Teresa escritora porque de su lírica aflora un mundo de amor que no resulta sencillo adivinar. Me quedo con esta castellana de a pie, doctora posterior de la iglesia sin que la universidad le concediera título. Me quedo con la castellana de Ávila por ser del mismo temple de sus murallas y por haber logrado que esas calles estrechas se convirtieran en anchura. Me quedo con esta Teresa porque todavía logra verla en los rostros de estas mujeres con empuje que no pueden ser de otra manera.


*Adolfo Carreto

viernes, 7 de noviembre de 2008

La alegría y Santa Teresa de Jesús




Todos sabemos que cantar es cuestión de enamorados. Sería interminable la lista si hacemos un recuento de los que han expresado sus sentimientos a través de la música. Nos parece que la guitarra -que tiene alma de mujer- simboliza muy bien la alegría, la presencia de ánimo con la que Teresa de Jesús se enfrentaba a la vida, no sólo con serenidad, sino con buen humor, con gozo.

Si tenemos oportunidad de conocer los museos donde se exhiben las reliquias de la Santa, tendremos la sorpresa de encontrarnos con las castañuelas, el, tambor, la flauta... y es que Teresa era muy amiga de la fiesta, le gustaba componer canciones, animaba a todos, vivía feliz. No aguantaba caras largas, ni dramas gratuitos; ni la tristeza ni la melancolía tenían cabida en su comunidad, en su ambiente.

Teresa hizo del humor una postura ante la vida. Se entretiene cuando redacta sus cartas, contando detalles muy humanos, muy graciosos; como cuando le comparte al Padre Jerónimo Gracián las aventuras de Isabelita (hermana pequeña del Padre) lo que hizo por ella. Después de comunicarle algunos adelantos, dice textualmente:

«Sólo tengo un trabajo, que no sé cómo ponerle la boca, porque la tiene muy rígida y se ríe muy fríamente y siempre se anda riendo. Una vez le hago que la abra, otra que la cierre, otra que no se ría. Ella dice que no tiene la culpa, sino la boca, y dice verdad... No lo cuente a nadie pero gustaría que viese el trabajo que traigo en ponerle la boca, creo que cuando sea mayor no será tan fría, al menos no lo es en los dichos. Aquí le he pintado a su hermana, no piense que le miento y en fin, porque se ría se lo he dicho».

Teresa de Jesús, mujer jovial, atractiva, tenía siempre a la mano el salero del buen humor. Y lo utilizaba con dosis convenientes:

En las correcciones, un poquito de ironía: «Si con leer sus reglas me canso, ¿qué hiciera si las tuviera que guardar...?»

En los desalientos, una risa franca: «Si haces cruces de nada, vivirás crucificada».

Ante los problemas, una sonrisa en los ojos: «Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa...»

Con los grandes señores, no perdía su dignidad serena: «¿Qué se me da a mí de los reyes y señores? No quiero sus rentas ni tenerlos contentos».

Ante la gente no valorada, les abría su corazón. «Nos consuela más quejarnos a los que sabemos nos aman».

Tuvo buen humor hasta con Dios. Recordemos aquella escena cuando estaba limpiando la Capilla y se cayó. Le dolía mucho el brazo, lo tenía fracturado. Entonces la Santa vuelve su mirada al Sagrario y le pregunta al Señor:

_ ¿Por qué te portas así, Jesús?
_ "Teresa, así trato a mis amigos,"
_ Pues por eso tienes tan pocos...

Teresa de Jesús se ríe, critica, corrige, bromea, siempre con una pizca de comprensión, de amabilidad. Gracias a su buen humor se ganaba a la gente, salía adelante de los problemas más duros, se sentía libre ante los comentarios negativos, se reía hasta de los contratiempos que tuvo como fundadora. Nos enseña suavemente que no hay cosa tan seria, ni noticia tan dura que no pueda decirse con una sonrisa.

La alegría para la Santa no era trabajada a fuerza, ni con grandes conceptos. Era un don, un estilo, que ella consideraba como fruto del Espíritu, consecuencia de sentirse gratuitamente amada. Ella descubrió el tesoro -Jesús- y compró feliz el campo. «No puedo decir lo que se siente cuando el Señor me hace experimentar sus secretos. Es el gozo mayor que podemos vivir, todo lo demás se hace pequeño, basura... Y todos los gozos juntos, no son más que una gotita del que nos está reservado en el Cielo» (V. 27.12).

*fuente: Teresa una mujer para la mujer de hoy

De Santa Teresa de Jesús


"Aprovechábame a mí también ver campo o agua, flores; en estas cosas hallaba yo memoria del Criador, digo que me despertaban y recogían" (Vida 9,5)